CAPITULO OCHO
LA PRIMERA CHIMENEA DE NAVIDAD
Cuando Nicolás tenía como cincuenta años de edad, y su cabello y barba se estaban volviendo tan blancas como la nieve, una familia extraña vino a vivir en la aldea. No muchos de familia ud. puede pensar, solo un pequeño hombre viejo, moreno y arrugado como una nuez y una muchachita flaquita que se empequeñecía tímidamente ante la multitud de aldeanos, quienes se habían reunido como siempre hacían cuando alguien nuevo llegaba a vivir.
"Su nombre es Carlos Dinsler", susurró una mujer. "La vieja ama de llaves del terrateniente me habló de él. Ella dijo que era muy rico. El debe ser rico para poder comprar la vieja casona de la cima de la colina."
"El puede que sea rico pero no lo parece". Remarcó otro. "¿Te fijaste en la pobre niña que estaba con él? Ella sin embargo parecía necesitar un buen alimento completo, ¿De cualquier modo quién es ella?".
"Ella es su nieta. Sus padres murieron hace poco y dicen que el viejo compró la casa en la colina para que pudieran estar solos".
"¿Sabes que ha hecho?" preguntó un muchachito de la interesada multitud, "Ha clavado todas las puertas y dejó solo la del frente abierta, y está la mantiene cerrada con un cerrojo tan grande como este." Extendió sus manos para mostrar el tamaño. "Y eso no es todo. De cualquier modo no se como llegarías a la casa porque ha puesto tablas sobre las ventanas y las puertas del frente y de los lados. No hay signo de vida en ningún lado de la vieja casona ahora. Pensarías que esta desierta."
"¿Por qué?, él viejo debe estar loco." Dijeron todos ellos. "El debe tener miedo de alguien."
"Miedo de nada" enfatizó un hombre "Sólo es que tiene miedo de que alguien robe su dinero."
"Estoy seguro de que Nicolás el buen tallador de madera estará interesado en estas noticias," dijo otro. "Una niña más en la aldea, y tan encantadora también."
"Nicolás ya sabe de ella." Escucharon una voz profunda decir y los aldeanos voltearon para ver, era el buen tallador de madera en persona que se había unido al inadvertido grupo.
"Su nombre es Kathy. Conocí una vez a una niña con ese nombre." Se fue con una triste expresión ausente en la mirada, en sus usualmente felices ojos azules cuando recordó a su hermanita. "Me gustaría hacer algo especial por la pobre muchachita."
"¿Como supiste su nombre, Nicolás?"
"Ella estaba paseando alrededor del patio como un perrito desolado, que había estado encerrado dentro." Contestó Nicolás, "Pasaba por ese camino y me pare en la puerta así que pude platicar con ella. Dice que no tiene permiso de salir fuera de la cerca y sólo puede jugar en el patio una hora al día. También me dijo que su abuelo no quiere que juegue con los otros niños de la aldea por si acaso ella platica acerca de su oro y de donde lo guarda."
"Como si fuéramos a tocar su dinero," dijeron los aldeanos enfadados. "Es un viejo antipático. Porque apuesto que no la dejará poner una media la víspera de Navidad."
"Esa es una apuesta segura," rió Nicolás "¡Él no abriría la puerta del frente aunque le dejara algo que fuera gratis!"
La multitud se desintegró y Nicolás regresó a su trabajo pero durante los siguientes meses frecuentemente pensaba en la pequeña solitaria Kathy. El la vio varias veces y ella le dijo que no le permitirían colgar fuera su media en Navidad. La última vez que la visitó, el viejo Dinsler agitó su bastón frente a él y le dijo que se mantuviera lejos de su casa. Después de eso, Kathy no fue vista otra vez pero Nicolás todavía hizo unos juguetes para ella y los empacó aparte, por si acaso.
Unos días antes de Navidad, Nicolás dio una vuelta alrededor de la gran casa tapiada. Vio las puertas y ventanas cubiertas y sus ojos brillaron cuando noto la gran chimenea de piedra en el techo. Rió entre dientes para sí mismo, "¡Lo intentaré! Puede que alcance un bastonazo pero vale la pena el intento."
La víspera de Navidad estaba oscura y sin luna, el viento silbaba a través de las calles y con la nieve ligera ardía la cara a Nicolás y cubrió su trineo y renos con un brillante abrigo de hielo.
"Vamos", animó a los renos, "Solo falta la casa de la colina."
Tiritaba en su abrigo rojo y debió parecer un gigante hombre de nieve con la nieve formando carámbanos en su blanca barba. Ató los renos a la puerta del frente, tomó su sacó de atrás del trineo y trepó de su alto asiento a la cima de la barra de la cerca y saltó al patio. Se detuvo a escuchar pero solo pudo oír el golpeteo de los postigos en el viento. Se arrastró al lado de la casa donde una vid cubría una puerta y esta hizo una escalera ideal para el techo. Siendo tan gordo y voluminoso y con el saco en su espalda fue una tarea difícil, pero finalmente jadeó en su camino al techo. Esta fue la parte peligrosa ya que estaba resbaloso con la nieve y el hielo, y tuvo que hacer tajos con su cuchillo para hacer escalones Finalmente una gran forma surgió sobre él. Era la Chimenea, Nicolás se detuvo y descansó por un momento, entonces se inclinó sobre la orilla y se asomó en la chimenea dentro la negrura.
"Justo lo que pensé," murmuró "El viejo avaro dejo el fuego extinguirse de noche... aún en un frío amargo como el de esta noche." Subió a la orilla e inició su peligroso descenso. Sintiendo cuidadosamente con sus pies las salientes de los ladrillos, presionando sus manos en los lados de la plana pared y recargando la espalda contra la pared. Lentamente avanzó camino abajo hasta que sintió tierra firme bajo sus pies. Salió del lugar del fuego a un cuarto tan oscuro como la chimenea. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad pudo distinguir una mesa y andando a tientas encontró un cavo de vela, el cual pronto había encendido. Sacó del saco una brillante media azul tejida y la lleno hasta el borde con juguetes. También le dejó nueces y dulces pues pensó que la hambrienta niña no había tenido regalos como estos en algún tiempo. Nicolás colgó la media en la repisa de la chimenea, cargó con un pesado candelero y se apartó para admirar el buen trabajo que había hecho. Justo cuando iba a apagar la vela Nicolás se sobresaltó por el repentino abrir de una puerta y el viejo Dinsler apresurándose dentro del cuarto.
"¿Estás husmeando en mi casa?, ¿persiguiendo mi dinero, supongo? Te enseñaré lo que hago con los rateros, ¡te enseñare!" El viejo recogió un atizador y se abalanzó a Nicolás, quien saltó a un lado para que la mesa quedara entre ellos.
"No sea tonto," dijo rápidamente dándose cuenta de que Dinsler estaba encolerizado y era peligroso. "No he venido tras su oro. Vea..."
"¿No entonces que te trae a mi casa en medio de la noche?"
"¡Le diré que! Vea detrás de usted en aquella media. Los otros niños de la aldea dejan sus medias en el frente de sus puertas, pero usted tiene tan asustada a su nieta que ella tiene miedo de pedirle algo. Yo solo quise hacerla sentir querida como a los otros niños, y que ella debería encontrar regalos de la misma forma que ellos la mañana de Navidad."
"¡Regalos!" exclamó el viejo desconcertado y bajando el atizador, "¿Quiere decir que Ud. regala cosas?, Vio a Nicolás con una mirada extraña.
"Sí", replicó Nicolás, aliviado de ver el atizador guardado, Aún a Ud. le daré un regalo de Navidad, a Ud. anciano mezquino." Alcanzó dentro de su bolsillo y vertió un chorro de monedas de oro en la mesa en frente de Dinsler. "¡Aquí, sí todo lo que le preocupa es el oro, tome este ... y más... y más para aumentar su tesoro! y ahora" dijo Nicolás con un aire de autoridad mientras se quitaba un poco de hollín de un ojo, "Me mostraría su puerta de en frente si tengo que escalar la chimenea para regresar, nunca tendré este traje limpio otra vez."
Con esto se marchó del cuarto, de cierta forma una ridícula figura corpulenta cubierta de hollín, vio muy impresionado al viejo Dinsler, cuando apresurado se adelantó para abrir la puerta a Nicolás para regresar a la fría noche negra.
A la siguiente semana la aldea zumbaba de emoción. Algo había sucedido en la colina. El viejo avaro había roto las tablas de puertas y ventanas. Había comprado un caballo y un carro y había estado abajo en la aldea para comprar enormes cantidades de comida. También había hablado con la maestra de la escuela y en pocos días Kathy y su abuelo fueron vistos en el camino conduciendo a la escuela, la cara de la niñita sonriendo al anciano, sus pies saltando para mantener su paso y su cálida manita en su puño. ¡Todo esto porque Nicolás bajó por una chimenea para llenar una media!